Posted by : Alberto Fernández febrero 28, 2013


Llevo desde hace mucho tiempo creyendo que todos y cada uno de nosotros, en mayor o menor medida, tenemos dentro un filósofo y por ende, una filosofía propia. Mantengo esa idea porque doto a la filosofía, no de una definición restringida y cerrada que es la que ofrece el mundo académico, sino que muy al contrario, conservo la que desde los tiempos de su concepción tuvo, es decir, como la capacidad de llegar a conocer y actuar del yo, con su propio ser y con el mundo. Aquello que nos permite un logos y una praxis, una forma de pensar y una forma de actuar. En esa creencia no es de extrañar por tanto, que reúna hoy aquí a dos filósofos, uno con la etiqueta oficial como es Eugenio Trías, y otro que lo es a pesar de no tener diploma que lo acredite como tal, David Roncero.

Mientras me encontraba intentando escribir un humilde homenaje póstumo a Trías, descubrí que muchas de las actitudes y formas de filosofar de Eugenio compartían una esencia con la filosofía vital de David Roncero.  De esa coincidencia de pensar, conocer y ser nace este artículo.


Lo que une en este dueto extraño a Trías y Roncero es que ambos son unos filósofos del diálogo, de esa conversación que se produce entre dos, si bien con la mágica característica de que se trata de un diálogo que nace, crece, se desarrolla y muere como una especie de monólogo. Se encuentran ambos en el límite, concepto vital para los dos que explicaremos más tarde, del diálogo y el monólogo, donde se trasciende o superan las barreras de una y otra forma de expresión. Eugenio dialoga con la cultura, mientras que David dialoga con su yo, pero pronto nos daremos cuenta de que ese dialogo es imposible, porque tanto el yo como la cultura no son seres que permitan una respuesta externa. Por tanto, podríamos pensar que se trata de un monólogo interior, sin embargo, van mucho más allá del monólogo, porque en él, no hay posibilidad de confrontación, porque el monólogo es unidireccional, pero ellos obtienen réplica, crean comunicación. Para que ello ocurra, para que nazca ese diálogo, como ya hemos dicho, es necesario la confrontación, y ambos no tienen reparos a ella, la buscan y creen firmemente como Hegel que las contradicciones o nos matan, o son el signo máximo de vitalidad.


Esa conversación, ese diálogo que produce la confrontación, es decir, en ese ponerse frente contra frente, buscan ante todo una propuesta, un camino donde encontrar los límites. Decimos camino porque es una actitud que necesita de ponerse en marcha, ya que ambos se han dado cuenta de que, al igual que Wittgenstein, que "los límites de mi lenguaje son los límites de mi mundo", y buscan algo que rompa esa limitación. Trías defiende que el arte es algo difícil de expresar con palabras, porque transciende al propio lenguaje, por eso se transforma en una experiencia. Roncero articula la misma analogía para la vida, cuya existencia de acontecimientos, de notas, van mucho más allá de lo limitante del lenguaje y que por tanto, deben experimentarse, es decir, vivirse también a través de la experiencia.

La experiencia por tanto es un límite en la concepción de Trías, que a pesar de ser difícilmente comunicable a través del lenguaje, permite ir más allá, permite el misterio de transmitir no con las palabras, sino con otros códigos de comunicación, que son para Trías la pasión y para Roncero las emociones. Pasión y emoción, se convierten por tanto, en fuentes de conocimiento, como lo es la Razón, con su propio código lingüístico,  el cual se expresa mediante la experiencia.


Necesitamos para seguir adelante, entender el concepto de límite como lo entiende Trías y ver como lo asimila Roncero en su filosofía de vida de forma natural. Frente a la figuración de límite como muro, barrera, frontera que impide ir más allá de lo establecido, Trías lo concibe como aquello que nos permite la confrontación y por tanto, nos permite el camino y la posibilidad de ir allí donde antes no hemos ido. El límite, por tanto, se transforma no sólo en pared, sino en puerta, no sólo en meta, sino en salida. El ser humano es un "ser como límite", que constantemente experimenta el límite, pero que mientras la Razón nos deja en el muro, la experiencia nos lo convierte en puerta a buscar otro límite más. La vida se convierte, a la sazón, en un camino de límites constantes que intentaremos ir superando, hasta toparnos con el último límite que no podremos comprender hasta que, como lógicamente cabe dentro de el razonamiento de su filosofía, no lo experimentemos, es decir, muramos, dejemos de experimentar la vida para experimentar la muerte, convirtamos la pared de la existencia en la puerta de la muerte. El límite, por tanto, para Eugenio y David no es limitante, sino creador de posibilidades.

Se deduce por tanto, que el ser es un límite que une lo conocido y lo desconocido, que une la meta y la salida, la vida y la muerte, la experiencia y la palabra. Con esa concepción de límite, construye Trías una triangulación filosófica para la vida con sus tres vértices: el ser límite, la razón fronteriza y el logos simbólico. Que vienen a ser el hombre, la pasión y la experiencia para Trías y que son para Roncero el yo, las emociones y la experiencia.

Con esta triada de conceptos, Eugenio construye una ciudad, un mundo, una forma de vida, que conecta con la filosofía de vida de David, que también construye su ciudad, su mundo, donde ambos diferencian cuatro barios o estados:


  • la RELIGIÓN que son las creencias.
  • el ARTE que es lo que hago
  • la ONTOLOGÍA que es lo que conozco
  • la ÉTICA que es como lo hago

Esta ciudad que vive en el límite, sólo puede vivir en el aquí, que también expresó T.S. Eliot en su poema:

Aquí es real la junta imposible
de las esferas de la existencia.
Aquí pasado y futuro se conquistan y reconcilian.
Ese aquí es el presente, el único lugar posible donde son factibles las experencias, por ende, donde existen los límites, la vida. Así, el presente se convierten en un límite más, es el muro del pasado y la puerta del futuro. Concepción que comparten tanto Trías como Roncero.

Nos encontramos por tanto, para terminar, ante dos filósofos de la experiencia, del límite, de la capacidad del ser para ír más allá, de transcender y cuya única forma de hacerlo, es en la acción, en el movimiento que nace, recordemos el principio, en ese diálogo que incita, que motiva, que llama a emprender. Ambos comparten esa necesidad de la experiencia, la única capaz de llevarnos al límite, a conocernos a nosotros, es decir, al ser, a descubrir que ese ser es un límite también, por tanto, que nos abre puertas a ser más allá de lo que somos ahora y que para ello, es vital no el uso único del lenguaje. Para ello, nos comunican lo importante que es no usar sólo el lenguaje limitante, sino  también lo vital de la pasión para Trías, de las emociones para Roncero. Pasión y emociones que rasgan la Razón y nos permiten comunicarnos y comunicar mucho más allá de las palabras, pasión y emoción que son para ambos, por tanto, el lenguaje del conocimiento, el lenguaje de la vida.

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